No se trata de él, sino de lo que me hace sentir. Y es que ¿por dónde empezar? Si no encuentro defecto del que poder hablar. Empecemos con su pelo, el tacto. Lo bonito que es notar cada mechón entre las yemas de mis dedos. Lo suave que se siente, y lo niño que le siento. Y es que le veo tan cerca y solo me sale pensar que es el enano más bonito del mundo. Enano digo, pero para enana yo cuando estoy a su lado. Enana como me siento cuando me llama 'pequeña'. Pero luego están sus ojos, y es que te mira y te preguntas si existirá algo más bonito que despertar a su lado. Porque sabes que será tuyo, que por mucho que te canses día tras día, lucharás hasta el final. Porque merece la pena. Tiene los ojos más bonitos que yo haya visto jamás. Y te ves ahí, reflejada en su mirada. Es entonces cuando rozas el límite de la felicidad. Así que dejas que sean tus ojos los que bajan aún más por su carita de príncipe, de muñeco. Tu muñeco. Y dejas que tu nariz y la suya se rocen, para sonreírle desde tan cerca y así ver su cara iluminada. Miras su boca, notas como sus labios te llaman. Porque lo hacen, en silencio te gritan que le beses. Y es entonces, cuando te quedas hipnotizada. Cuando el mundo deja de existir porque con él basta. Pero cuando piensas que no puedes ser más feliz, que tienes todo lo que necesitas. Notas como se acerca, notas el tacto de sus labios en los tuyos. El sabor que tanto habías necesitado, ese que tanto habías echado de menos. Suspiras, dentro de su boca. Notas que el aire es vuestro, de los dos, que podéis compartir el mundo. Tienes la necesidad de aprender cada movimiento de su lengua. Escuchas el latido de su corazón más y más fuerte cada segundo. Es entonces, cuando alimenta tus ganas de luchar, hasta tal punto que te prometes a ti misma el infinito a su lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario